Una sombra helada, más vieja que el Sol, cruza el sistema solar y encendió el pánico global. Redes sociales, titulares apocalípticos y teorías extraterrestres anunciaron el desastre. Pero mientras el ruido crecía, desde Pasto, un astrónomo miraba al cielo con datos en la mano y los pies firmes en la tierra, decidido a demostrar que la ciencia —aunque lenta— siempre llega primero que el miedo.
El miedo siempre llega antes que la explicación. Es más rápido, más escandaloso, más rentable. Por eso, cuando el objeto interestelar 3IT/Atlas apareció en los registros astronómicos del mundo, no tardó en convertirse —en internet— en una nave con intenciones oscuras, una amenaza silenciosa que usaría al Sol como escondite y a la Tierra como blanco.
Mientras los videos se viralizaban y las fechas fatídicas se marcaban en rojo —29 de octubre, 19 de diciembre—, en el Observatorio Astronómico de la Universidad de Nariño el doctor Alberto Quijano Vodniza hacía lo que hacen los científicos desde que Galileo levantó la mirada: observar, medir, comparar, repetir.
3IT es el tercer visitante interestelar detectado por la humanidad. No nació aquí. Viene de otro rincón de la galaxia y su edad, calculada con rigor, supera la del propio sistema solar. Es una reliquia cósmica, un archivo helado del origen del universo. Material de congreso internacional, no de conspiración digital.
Pero la ciencia no fue la que hizo más ruido.
La hipótesis de que el objeto era una nave extraterrestre fue lanzada por Avi Loeb, astrofísico de Harvard, quien sin pruebas extraordinarias sostuvo una afirmación extraordinaria. El eco fue inmediato. Portales sin rigor, creadores de contenido y lo que Quijano llama sin rodeos “pseudoperiodistas” copiaron, pegaron y exageraron. La mentira se multiplicó.
Primero anunciaron que la nave chocaría contra Marte. Marte sigue intacto. Luego dijeron que el 3IT se ocultaría detrás del Sol para ejecutar una maniobra “inteligente”. Más tarde, que el 19 de diciembre pasaría peligrosamente cerca de la Tierra.
Nada de eso ocurrió. Nada de eso iba a ocurrir.
“Pasará mucho más lejos que el Sol”, explicó Quijano con paciencia de profesor y firmeza de científico. Pero la verdad no viaja tan rápido como el miedo.
La evidencia, sin embargo, es contundente. El 3IT tiene cola: una atmósfera difusa que crece cuando se acerca al Sol y se reduce cuando se aleja. Exactamente lo que hacen los cometas. Además, emite gases y polvo que generan una fuerza no gravitacional, un fenómeno físico conocido que actúa como un motor natural. Loeb, en su afán de sostener la narrativa alienígena, llegó a confundir este proceso con un motor artificial. Un error básico para cualquier astrónomo.
El cometa también presenta sublimación de dióxido de carbono a distancias inusuales, entre Júpiter y Saturno. Es raro, sí. Pero sigue siendo comportamiento cometario. Las fotografías tomadas desde Nariño —las únicas en Colombia que han seguido el cuerpo de manera constante— no dejan espacio para la duda.
“Cualquiera que vea esas imágenes diría de inmediato: es un cometa”, sentencia Quijano.
Pero la mentira ya había hecho su recorrido. Había generado clics, visitas, dinero. Para el astrónomo, lo ocurrido no es un error inocente: es una prostitución del periodismo, una renuncia consciente a la verificación.
Mientras tanto, en la Tierra, se libra otra batalla más silenciosa y más difícil: la construcción del Centro de Ciencias de Pasto, la nueva sede del Observatorio. Un proyecto aprobado hace tres años con 27.000 millones de pesos del OCAD Pacífico y que ha tenido que sortear la peor fuerza del universo colombiano: la burocracia.
El famoso plan parcial de la loma del Centenario detuvo la obra durante tres años. Luego vino el problema de la fiducia: ningún banco quiso asumirla, ni siquiera aquellos donde la universidad tiene su dinero. Los concursos para interventoría y construcción fracasaron dos veces por falta de proponentes. A la tercera, ganaron dos empresas de Bogotá.
En redes, mientras tanto, aparecieron los rumores: “elefante blanco”, “plata perdida”, “otro proyecto fallido”. Todo falso. El dinero está asegurado y la obra avanza, paso a paso, como debe hacerlo la ciencia.
El corazón del centro será su telescopio. No es el más grande del mundo, pero sí el más grande y tecnológicamente avanzado de Colombia. Un espejo parabólico de un metro, tres metros y medio de longitud, dos toneladas de peso, completamente robótico y capaz de detectar cuerpos apenas visibles.
No será el juguete de nadie. Lo operarán más de 40 astrofísicos colombianos, formados por la Universidad de Nariño, que regresaron al país tras maestrías y doctorados en el exterior.
El cronograma cambió. Ya no estará listo en 2026, sino a inicios de 2027. No hay margen para fallar: las regalías no perdonan retrasos.
Mientras el mundo se asusta con sombras imaginarias y titulares huecos, en Pasto se levanta un edificio real, con cimientos, cables, espejos y científicos. Cuando el Centro de Ciencias abra sus puertas en 2027, el telescopio no solo mirará el cielo: será la prueba de que la razón puede más que el rumor. Y que, aunque la mentira viaje a la velocidad de la luz, la verdad —como los cometas— siempre deja huella.
Escucha esta entrevista con el doctor Alberto Quijano Vodniza:



