martes, febrero 10, 2026
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“Pacto de libertad”, la sexta película hecha en Guaitarilla que buscará el Festival de Cartagena

En Guaitarilla el cine no huele a alfombra roja ni a canapés importados. Huele a café recién colado, a cables enredados, a vestuario prestado y a noches largas donde la cámara se apaga, pero la conversación sigue. Aquí el séptimo arte no llega en trailers ruidosos: nace.

Jesús Omar Guerrero habla despacio, como quien sabe que la memoria no se apura. Historiador de oficio, cineasta por terquedad y pasión, repite una idea que se le volvió brújula: los pueblos no se miden por lo que tienen, sino por lo que crean. Y Guaitarilla, dice, crea porque no le queda de otra. Porque cuando la cultura no da votos, alguien tiene que sostenerla con las manos. Más aún cuando los líderes políticos tienen otros intereses ajenos a la cultura.

Hace veinte años filmaron Ni en la vida ni en la muerte. Cámaras domésticas, actores naturales, historias que no pedían permiso. El público respondió. Y cuando el público responde, el compromiso crece. Después vinieron Juramento, Cacería mortal, El poder de la fe, Milagros de amor. Seis películas después, la ruta es clara: contar lo que duele sin convertirlo en espectáculo.

Escena de grabación de Pacto de libertad

Escucha el diálogo con Omar Guerrero, sobre la nueva película y otros aspectos importantes:

La más reciente se llama Pacto de libertad. Setenta y cinco minutos para hablar de lo innombrable: el secuestro. No para glorificarlo —aclara Omar—, sino para decir que el delito no paga y que la libertad, cuando se pierde, deja cicatrices que no salen en los noticieros. La película se sostiene con actores naturales, catorce en escena, y con un equipo que aprendió a escribir guiones técnicos, a mover drones, a cuidar el sonido y a componer su propia música para no deberle nada a nadie. Vale la mención a Julián Esteban Maya, en la dirección de la producción y con todo su trabajo como profesional en audiovisuales.

La evolución se nota. Antes no había drones; ahora sobrevuelan los paisajes andinos como si buscaran una toma justa del territorio. Antes las cámaras eran caseras; hoy hay técnica y criterio. Lo que no cambió es el origen: nadie cobra, nadie posa. Aquí se actúa por vocación. Y eso, en cine, se ve.

Las funciones en Guaitarilla se llenaron. Iban a ser una; fueron dos; ahora piden otra. El pago, repiten, no es dinero: es la sala llena, el silencio atento, el comentario que llega después. Aun así, la logística cuesta. El alquiler de equipos cuesta. El tiempo cuesta. Todo se financia con recursos propios porque —dicen— la cultura suele ser la cenicienta de los presupuestos. Se celebran desfiles caros, se confunde fiesta con cultura y se olvida el proceso. Pero el proceso persiste.

La meta es ambiciosa y honesta: llevar Pacto de libertad al Festival Internacional de Cine de Cartagena y al Festival Internacional de Cine de Pasto. Cumplen requisitos: obra reciente, música original, tema vigente, funciones previas con acogida. Y, sobre todo, una identidad que no se disfraza de otra cosa. Cine hecho desde Nariño para Nariño, con la esperanza de que también dialogue con el país.

Hay un proyecto más a futuro, casi un deber: llevar a la pantalla grande un hecho histórico del sur, de esos levantamientos que antecedieron la independencia y que rara vez entran en los libros. Vestuario de época, escenarios, recursos. Es caro. Es necesario. Es memoria. Y la memoria, cuando se filma, deja de ser rumor.

En medio de todo, aparece San Juan de Pasto como próxima parada. La colonia guaitarillense espera. El auditorio se gestiona. La película quiere rodar, otra vez, para encontrarse con los suyos y con quienes quieran verla. Porque el cine —insisten— no se encierra: se comparte.

Al final, no se trata solo de una película. Se trata de un modo de hacer. De aprender haciendo. De equivocarse y mejorar. De sostener la cultura cuando nadie la sostiene. De demostrar que el sur no es un chiste mal contado, sino un lugar donde el arte se toma en serio. La experiencia cinematográfica que se gesta en Guaitarilla demuestra que, incluso sin respaldo estatal, la cultura sigue abriéndose camino desde la convicción, la memoria y el trabajo colectivo. Pacto de libertad no solo es una película: es el reflejo de una comunidad que resiste, crea y narra su propia historia, con la esperanza de que el cine hecho desde los territorios también tenga un lugar en las grandes pantallas del país.

Guaitarilla filma. Y al filmar, se cuenta. Eso ya es una forma de libertad.

Julián Esteban Maya, director de la película «Pacto de Libertad»

Felipe Andrés Criollo
Felipe Andrés Criollohttps://elradardelsol.com
Comunicador Social - Periodista, Especialista en Pedagogía de la Virtualidad, Maestrante en Pedagogía Social. Docente universitario. Correo: crifean@gmail.com - Director de El Radar del Sol, medio digital.
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