En el marco del Día del Periodista, es importante reflexionar en lo que sucedió en la reciente rueda de prensa del Deportivo Pasto. Contexto en el que el ecosistema informativo de Nariño fue sacudido por un episodio que desborda lo meramente deportivo. El cruce verbal entre el director técnico del Deportivo Pasto, Jonathan Risueño, y la prensa local tras el empate 0-0 frente a Atlético Bucaramanga dejó al descubierto una tensión estructural: la dificultad de algunos actores del fútbol para convivir con el escrutinio público. No fue un exabrupto aislado; fue un síntoma.
Las declaraciones del técnico, calificando las preguntas como “dañinas” y sugiriendo una supuesta “autodestrucción” por parte del gremio, carecen de sustento verificable y desconocen principios básicos del derecho a la información. El periodismo —sobre todo el deportivo— no existe para complacer, sino para preguntar, contrastar y contextualizar. Así lo recuerdan estándares internacionales y la jurisprudencia colombiana cuando señalan que la libertad de prensa protege tanto la difusión de hechos como la crítica y la opinión, incluso cuando resultan incómodas.
Mientras Risueño defendió un dominio estratégico y justificó rotaciones, el desarrollo del juego mostró a un Bucaramanga con control del mediocampo y a un arquero local elegido como figura del encuentro. Ese dato no es opinión: es evidencia. Y en periodismo, dato mata relato. Empatar —incluso siendo líder provisional— no concede patente de corso frente a preguntas sobre funcionamiento, decisiones tácticas o rendimiento colectivo.
Más preocupante aún fue el intento de deslegitimar el oficio al afirmar que los periodistas “tienen trabajo gracias a los dueños del equipo”. Esa mirada reduce la prensa a un apéndice del marketing corporativo y desconoce que el titular del derecho a la información es la ciudadanía. El fútbol profesional, financiado por patrocinadores y expuesto masivamente, es un asunto de interés público. Convertir la sala de prensa en un espacio condicionado por la complacencia erosiona la deliberación democrática que también atraviesa al deporte.
Desde el rol de las partes, la desconexión es evidente. El cuerpo técnico parece confundir humildad con obediencia informativa; el gremio periodístico —respaldado por ACORD Nariño— reivindica el derecho al análisis crítico. La sala de prensa es un espacio de rendición de cuentas, no una tarima de propaganda. Traer a colación rumores o episodios de técnicos anteriores para desacreditar a reporteros locales no solo es improcedente: es una práctica que deteriora la institucionalidad del club y la conversación pública.
El contexto nacional vuelve más delicado el asunto. Colombia sigue registrando alertas por agresiones y estigmatización contra periodistas. En ese escenario, que un líder de opinión —porque un técnico de un club profesional lo es— fomente un ambiente hostil desde un micrófono oficial resulta socialmente irresponsable. La crítica no es enemistad; es un mecanismo de control simbólico que fortalece a las instituciones cuando se asume con profesionalismo.
Para el cuerpo técnico. El respeto es bidireccional. Cuestionar una rotación o un planteamiento no es un ataque personal ni una mentira. La recomendación es asumir la crítica como insumo: responder con datos, reconocer límites y entender que el periodista es el puente con la afición, no el adversario a vencer.
Para los periodistas. Mantener rigor, contexto y proporcionalidad. Evitar la espectacularización y los juicios sumarios. La ética —verificación, contraste y precisión— debe sostenerse incluso ante la provocación.
La convivencia entre medios y actores deportivos exige reglas claras y madurez democrática. Si la sala de prensa deja de ser un espacio de diálogo profesional para convertirse en un ring de descalificaciones, la pregunta queda abierta en este Día del Periodista:



