La reciente publicación del presidente Gustavo Petro en su cuenta de X no es solo una crítica a los medios de comunicación y al Congreso, sino una declaración de guerra contra las estructuras tradicionales del poder en Colombia. En su mensaje, Petro retoma su conocida tesis de que los medios han sido capturados por las élites económicas, lo que, según él, explica la hostilidad con la que es tratado su gobierno. A esto, añade una dura crítica al Congreso, al que responsabiliza de frenar sus reformas. La respuesta del congresista nariñense Juan Daniel Peñuela no se hizo esperar, acusándolo de improvisación y de no resolver los problemas del país. En el centro de esta disputa está una pregunta clave: ¿Este bloqueo institucional es dado por el recorte en la publicidad del Gobierno en los medios tradicionales y las decisiones que el mandatario a tomado en contra de monopolios?
El senador Carlos Fernando Motoa también se sumó a la crítica contra el mandatario, afirmando: «Con Gustavo Petro la Presidencia perdió su dignidad. No sólo porque tenemos un mandatario que se conforma con ser espectador de las dificultades que atraviesa el país, sino porque es un espectador que señala, creyendo que así intimidará a las bancadas que nos oponemos a sus reformas. Entre ellas, la de Cambio Radical: una bancada que ha demostrado con suficiencia por qué la #ReformaALaSalud, Pensional y Laboral (entre otras) no son lo que vende el Petrismo a la opinión pública.»
El argumento de Petro no es nuevo. Ya en su alcaldía de Bogotá denunció una persecución mediática y política que, en su momento, terminó con su destitución temporal. Ahora, en la Casa de Nariño, insiste en que los grandes medios de comunicación están alineados con los intereses de los sectores más ricos de Colombia y que, por ello, se oponen a su agenda de reformas. Es innegable que los medios han sido críticos con su gestión, pero reducir esta crítica a una simple conspiración económica es desconocer la complejidad del ejercicio periodístico. No toda la prensa está contra Petro y no toda crítica proviene de una agenda oculta.
Sin embargo, el presidente toca un punto crucial cuando señala que el modelo neoliberal favorece a ciertos sectores mientras la desigualdad sigue creciendo. Sus reformas en salud, pensiones y trabajo buscan corregir este rumbo, pero chocan con la resistencia del Congreso y de un aparato político que, en muchos casos, se nutre de las prácticas que él denuncia. Aquí es donde Petro enfrenta su mayor dilema: su discurso de cambio se enfrenta a las inercias de un sistema político acostumbrado a negociar el poder a puerta cerrada.
Pero si Petro denuncia un bloqueo, ¿qué hace para superarlo? Su estrategia parece depender, cada vez más, de la movilización popular. Su insistencia en que “si cumplir el programa implica la más amplia movilización popular y el acceso del pueblo a todas las instancias del poder, hay que hacerlo”, deja entrever que su apuesta es llevar la presión de las calles hasta el Congreso. Esto puede ser un arma de doble filo. Si bien la movilización es legítima en una democracia, convertirla en la única vía para gobernar puede derivar en una peligrosa polarización.
Motoa fue aún más allá en su respuesta, desafiando al Gobierno: «Por eso, aceptamos el desafío del Gobierno Nacional: es más, si el Presidente presenta listas, nosotros presentaremos las nuestras: exponiendo al escarnio público a los senadores y representantes que traicionando la confianza de los colombianos, se vendan a los mercachifles del ‘cambio’.»
Por su parte, la oposición no es particularmente hábil en responder a Petro con propuestas claras. La respuesta de Peñuela refleja una postura recurrente en los sectores contrarios al gobierno: criticar sin ofrecer alternativas. Decir que el presidente solo construye narrativas es un argumento válido, pero insuficiente. Si el país está en crisis, ¿Qué propone la oposición para corregir el rumbo? ¿Qué modelo de salud, de pensiones y de trabajo defienden?
Lo que está en juego no es solo el éxito o fracaso de un gobierno, sino la posibilidad de que Colombia encuentre un camino hacia una transformación real sin caer en la inestabilidad. Petro tiene razón en señalar que las élites han controlado el país por décadas, pero eso no le exime de construir consensos. Y la oposición, si realmente quiere ser alternativa de poder, debe ofrecer algo más que el rechazo sistemático. En un año decisivo, como dice el mismo presidente, el verdadero reto es superar la guerra de narrativas y enfocarse en soluciones concretas.