viernes, abril 4, 2025
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El profesor que a toda costa quiere ser rector

Cuento – cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia

El profesor Lisonjero siempre había tenido un sueño, una obsesión, un delirio: ser rector. No importaba el precio ni los medios. Si los dioses de la educación no lo favorecían, él bien podría empujarlos por la escalera del Ministerio de Educación. Y si alguien osaba interponerse en su camino, bueno… ya sabían lo que les esperaba.

A la cabeza de su cruzada estaba un enemigo claro, un obstáculo que le causaba urticaria solo de pensarlo: la comunidad religiosa. Esas mujeres de hábito y rezos que, a su juicio, le habían arrebatado lo que le correspondía por derecho divino (y humano, y sindical, y cualquier otro que pudiera inventarse sobre la marcha). Para Lisonjero, ellas eran el equivalente a un dragón medieval custodiando un tesoro que él, por supuesto, debía arrebatar.

Desde su trinchera, Lisonjero no dejaba nada al azar. Cada mañana, tras acomodarse en su oficina –una cueva desde donde lanzaba dardos administrativos envenenados–, afilaba su pluma para redactar oficios, quejas, denuncias y toda clase de artilugios burocráticos con los que pretendía construir su camino al poder. Cada firma obtenida, cada queja fabricada era un escalón más hacia su ansiada rectoría.

Pero la Rectora y su comunidad no eran ningunas ingenuas. Sabían que Lisonjero no descansaría hasta verlas fuera del colegio, arrastradas por la marea de su ambición. El profesor había desplegado su estrategia con precisión quirúrgica: incitaba a los docentes a denunciar “acoso laboral”, manipulaba estudiantes para que protestaran por calificaciones injustas y redactaba cartas cargadas de acusaciones veladas. Todo con el único propósito de hacer caer a la comunidad religiosa y quedar como el salvador que, por supuesto, tomaría el control absoluto de la institución.

El conflicto se volvió una guerra fría. La Rectora recibía advertencias en los pasillos, susurradas por profesores temerosos: “Rectora, cuídese, porque ese tipo le está tendiendo una trampa”. Y aunque al principio intentó ignorar las señales, pronto se dio cuenta de que Lisonjero no estaba jugando. Le llegaron citaciones, documentos repletos de cargos en su contra y, lo más grave, una carpeta misteriosa enviada a la Secretaría de Educación. Ahí estaba, en papel y tinta, la emboscada que Lisonjero había estado preparando con paciencia de cazador.

Mientras tanto, la ambición de Lisonjero había crecido al punto de desbordarse. Ya no solo soñaba con la rectoría del colegio, sino con la construcción de un megacolegio. Una institución moderna y de gran envergadura que, sin duda, requeriría un rector con su perfil. O al menos, así se veía él mismo en su delirio de grandeza. Sin embargo, esta idea inquietaba a los funcionarios del orden departamental. La inversión para un proyecto de tal magnitud no era sencilla, los trámites burocráticos y presupuestarios eran complejos y, sobre todo, había dudas sobre la verdadera intención detrás de la propuesta.

¿Y la comunidad religiosa? ¿Quedaría relegada con esta iniciativa? Seguramente así lo pensaba Lisonjero, quien veía en el megacolegio la oportunidad de desplazar definitivamente a la congregación. Sin embargo, la Secretaría de Educación sabía que no era tan fácil el tan anhelado proyecto. Por eso, en medio de las discusiones y reuniones sobre el futuro de la educación en la región, la secretaria ratificó su confianza y la credibilidad en la comunidad religiosa, dado que su nombre tenía representación nacional y su experiencia en la educación estaba más que comprobada. Confianza que se construye con trabajo y no con cizaña.

Lisonjero, por su parte, se ufanaba de estar de la mano del alcalde y del gobernador de turno. Para él, los vientos políticos le favorecían y se creía intocable, pues su supuesta cercanía con las autoridades le aseguraba respaldo para seguir en su cruzada contra la comunidad religiosa. Sin embargo, en la educación no bastan los compadrazgos. La historia del colegio ya no era solo la de una comunidad educativa, sino la de un asedio en el que un profesor, convertido en estratega político de quinta, movía los hilos de una insurrección digna de una novela de conspiración. No importaba que su desempeño como coordinador fuera cuestionable, que su ausencia en las aulas fuera notoria, que su productividad fuera tan nula como su ética profesional. No, lo importante era que él, y solo él, debía estar al frente del colegio.

El clímax llegó cuando la Rectora decidió no evaluarlo. ¿Cómo podría hacerlo con ética si lo que veía en él era puro cálculo y manipulación? Pero Lisonjero, indignado por semejante afrenta, convirtió la decisión en la excusa perfecta para lanzar su ataque final. Testimonios torcidos y una estrategia de victimización fueron sus armas en la batalla.

Sin embargo, lo que Lisonjero no previó es que su ambición desmedida se convertiría en su peor enemigo. Porque cuando la verdad empezó a emerger –cuando los mismos docentes y estudiantes a los que manipuló comenzaron a desenmascararlo– su castillo de cartas empezó a derrumbarse. La comunidad religiosa, lejos de ser una víctima indefensa, resultó ser un oponente formidable, armado con algo que él jamás podría comprar con intrigas: credibilidad.

Así que, mientras Lisonjero sigue encerrado en su oficina, redactando su próxima gran conspiración, la Rectora y su comunidad continúan con su labor, conscientes de que en la educación hay batallas constantes, pero ninguna tan absurda como la de un hombre que, cegado por su propia soberbia, olvidó que en las guerras de poder, el que juega sucio suele terminar perdiendo.

Y al final, es la comunidad quien tiene la última palabra. Por eso, es momento de reconocer y agradecer el esfuerzo de la comunidad religiosa, que con dedicación y compromiso ha formado a cada generación del municipio, dejando una huella imborrable en la historia educativa de la región.

¿Podrá la codicia contra la comunidad religiosa, la comunidad afectada no reaccionará?

Felipe Andrés Criollo
Felipe Andrés Criollohttps://www.elradardelsol.com
Comunicador Social - Periodista, Especialista en Pedagogía de la Virtualidad, Maestrante en Pedagogía Social. Docente universitario. Correo: crifean@gmail.com
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